
En los surcos que se dibujan por toda la piel de Ataulfo se ha sembrado la misma semilla, esa semilla que al germinar nos vuelve retrógrados y seniles, se convierte en peor tortura que ¨La Gota China¨ y nos recuerda día por día que el arado en que se ha convertido nuestro pellejo es solo una advertencia de lo que esta por venir…
La llaman vejez y si no esta en venta es porque nadie la quiere ni de regalo.
Ataulfo sorbe café bien cargado de un jarro de metal oxidado, se mece en la silla de guano que cargó del campo cuando se mudó a la capital con sus hijos. Dice que lo que más le gusta de la ciudad son las instalaciones sanitarias, poder defecar sin tener que salir del lugar donde vive le da un cierto sentido de pertenencia, la indispensable posibilidad de marcar su terreno como los gatos… Se termina los últimos tragos que restan en el jarro con esa técnica que se aprende en los pueblos para tomar líquidos calientes sin quemarse, sorbiendo poquito a poquito ráfagas que solo te mojan el paladar, Ataulfo no advierte que lo que resta es una mezcolanza de oxido y saliva con sabor a café pero eso carece de importancia.
Con la prisa que otorga el hambre engulle un pan de agua endurecido por el tiempo, mojarlo en el café hubiera significado un atentado a su hombría o lo poco que queda de ella, el 50% se lo arrebató aquella mulata de fuego quien tuvo el orgullo de ser su ultima canita al aire, la conoció en ¨La Barra Donde Bebe El Diablo¨. Entre noches de pasión desenfrenada y delirios de amor inducidos por el ron le vació los bolsillos y le extinguió los brios de semental para siempre.
Ahora enciende su cachimbo en modo automático, si algo le han enseñado los años es que la rutina habita en cada rincón de su alma y ni una de las limpias de Mama Cumbé, la bruja del pueblo, hubieran podido despojarlo de ella, contempla la calle con su visión de tubo, cortesía del glaucoma que lo aqueja desde hace un tiempo pero no le impide divisar los fondillos de las matronas a lo lejos.
Ataulfo lleva días sin tomar el saco de pastillas que la junta medica resolvió debía tragar de por vida…¨La vejez no se cura con esas vainas¨ decía. Juraba que esa mañana no despertaría de aquel catre que se había adaptado a la forma de sus huesos pero no contaba con que la muerte es impuntual y le encanta sentarse en sillas de guano hechas a mano…